jueves 22 de octubre de 2009

De la persona al ícono. Mitologías de Juan Rodrigo Llaguno


Juan Rodrigo Llaguno.Sin título. De la serie Retratos de mi familia. Plata/gelatina, 1993-96


Decía Roland Barthes que todos los grandes retratistas son grandes mitólogos. Vista en el contexto de La cámara lúcida, la frase amerita una interpretación más plural que la que voy a ofrecer aquí. Pero de momento lo que me interesa es resaltar una de sus implicaciones más obvias: la posibilidad de entender el retrato (sobre todo el retrato fotográfico) como un dispositivo destinado a la reconstrucción ficticia de las identidades.
Ese me parece un buen comienzo para abordar la obra de Juan Rodrigo Llaguno, puesto que cualquier análisis del trabajo de este fotógrafo debe mantener como referencia obligatoria su condición de retratista. De hecho, lo primero que viene a la mente al comenzar un comentario sobre la obra de Llaguno es la necesidad de calificarlo como uno de los retratistas más consistentes dentro de la escena de la fotografía mexicana contemporánea.
Hay un subtexto en cada foto de Juan Rodrigo Llaguno que parece decir: “esto es un retrato”. Ese enunciado no es trivial si queremos entender su lugar dentro de la fotografía contemporánea, marcada por una tendencia a plantear la relación entre representación e identidad con los matices de una investigación conceptual o de una experimentación formal que hace ambiguo el concepto de “retrato” y que puede llegar a distanciar dicho concepto de las normas que lo construyeron como “género” fotográfico. En ese contexto, en que se hace evidente que no toda representación de un sujeto es necesariamente un retrato, el signo fotográfico, tal como lo organiza Llaguno, parece forzado a una doble función: indicar –con las dificultades que esto conlleva- hacia la identidad del sujeto fotografiado, pero también indicar hacia su propia identidad como dispositivo semántico.

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martes 20 de octubre de 2009

Tremendos anticipos. Poética del espacio en la obra de Oswaldo Ruiz


Oswaldo Ruiz. Monumento a la familia Preciado. De la serie Anáhuac, tierra oscura. Impresión cromógena, 2009


Cuando José Revueltas dice, en Luto humano, que la muerte “…no es morir, sino lo anterior al morir, lo inmediatamente anterior…” está hablando del presentimiento como una suerte de presente. La muerte no es morir porque el momento de morir (su presente) es inatrapable; porque la única forma de “vivir” ese momento (y aquí hay más de una paradoja) es vivirlo antes de que ocurra, o revivirlo mediante el luto.

La obra reciente de Oswaldo Ruiz contiene ese aire de presentimiento. Me atrevo a decir que el presentimiento es parte de su configuración estética. Porque lo premonitorio parece formar parte de su imaginación. Éste no es un ejemplo aislado dentro de la fotografía mexicana contemporánea. Lo he notado antes en las obras de Gerardo Montiel o en la gráfica digital de Francisco Larios y, más recientemente, en las fotos de David Corona. Eso me lleva a pensar que hay una tendencia a representar la catástrofe como posibilidad, como algo que se ubica en un futuro-pretérito indeterminado.


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jueves 15 de octubre de 2009

Eric Weeks


Eric Weeks. Bath. De la serie World was in the face of the Beloved, 2009

Eric Weeks es un artista sofisticado que usa las posibilidades más finas de la técnica fotográfica para hacer representaciones de extrema pulcritud y sutileza. La fuerza de su trabajo se deriva de esas formas delicadas y potentes al mismo tiempo, las que evidencian una sensibilidad propia de lo mejor de la fotografía moderna. El equilibrio entre forma y espiritualidad nos hace sentir que estamos ante un artista formado con un gusto por lo clásico, que le permite encontrar estímulos lo mismo en la pintura del Renacimiento que en la del Barroco o el Clasicismo.

La serie El mundo estaba en el rostro de la amada es un conjunto de fotos que Eric Weeks ha estado realizando en los últimos años. Todos son retratos de su propia esposa, quien sirve de modelo para una serie de representaciones llenas de idealidad y lirismo. Aunque este proyecto se origina en la profunda relación afectiva entre el artista y su modelo, su mejor logro es que genera una multiplicidad de identidades de la mujer retratada, como si lo que buscara en realidad el autor fuera un sentido universal de lo femenino; una feminidad atemporal y trascendente.

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Sergio Nates


Sergio Nates. De la serie Presión-tensión, 2009


Sergio Nates es un autor atraído por los procesos de análisis e investigación que derivan en estructuras formales de aparente racionalidad. Sus obras infiltran la experiencia cognoscitiva en la experiencia estética, por medio de la experimentación y la conceptualización. De hecho, sus trabajos más interesantes exponen una firme filiación a los métodos y los principios del conceptualismo, lo cual hace que varios de sus proyectos fotográficos exhiban una condición tautológica: son representaciones que surgen como hipótesis ante una serie de preguntas sobre las representaciones.
Presión-Tensión es uno de los proyectos que mejor expone esa condición híbrida. Ante todo, la fotografía es aquí un gesto subversivo que juega con nuestra predisposición a dar por concluido el objeto de la representación en la representación misma. En este caso, aceptar como definitivo el evento representado sería incongruente con el hecho de que dicho evento está basado en la manipulación de las condiciones de existencia espacio-temporal de los objetos. Que dicha temporalidad no se aprecie en cada foto como estructura individual, solamente nos sirve para entender que la foto es insuficiente respecto a lo fotografiado. De ahí proviene el carácter irónico de esta serie.

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Walterio Iraheta


Walterio Iraheta. Landschaft, 2008


El nombre de Walterio Iraheta se asocia con una generación de artistas emergentes del escenario centroamericano. Algunos lo han clasificado, de manera más puntual, como perteneciente a una llamada “generación de postguerra”, refiriéndose a la guerra civil que lastimó a El Salvador durante toda la década de 1980.
Walterio Iraheta estudió artes plásticas, diseño y grabado experimental y era ya conocido como pintor e instalacionista antes de dedicarse a la fotografía. Su exposición El lado olvidado del corazón (2001) contenía documentos, páginas impresas y fotografías, mezcladas con un sentido del ensamblaje que todavía mantenía como referencia, aunque fuera para transgredirla, la materialidad y la bidimensionalidad de la pintura.

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Eugenia Gudiño


Eugenia Gudiño. De la serie Spermüll, 2008

Con su obra reciente Eugenia Gudiño ha comenzado a definirse como una artista concentrada en el contenido afectivo de los objetos, localizados en el cruce entre el desarraigo y la memoria. Sus proyectos más interesantes parten de esa sensibilidad que la conecta con las cosas de otros, con los espacios ajenos y con los desechos, que son también como objetos enajenados. Estos conceptos los está elaborando como referencias simbólicas del viaje y la no pertenencia, planteándose la fotografía como una práctica cultural que tiene que ver con la experiencia del extranjero, con el turismo o la migración, con la fugacidad y el tránsito.
En Casas para llevar (2008) esa vocación encontró una resolución bien articulada, que consistía en fotografiar a la gente exhibiendo objetos personales, como respuesta a la pregunta explícita de la autora: ¿Qué objetos cargan durante su viaje para recordar su casa? Esa serie se complementó con Otro lugar, en la que Eugenia hacía intervenciones mínimas, que modificaban el orden del espacio, relatando cómo un lugar parece siempre diferente para quien regresa de un viaje. Ambas series se complementaban en el proyecto Casas ajenas que desde el título sugería el interés de la autora por ese doble proceso de identificación y enajenación que se da en la relación con los diferentes espacios: el espacio de tránsito, el espacio de origen, el espacio de destino, el espacio propio o el espacio ajeno.

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David Corona


David Corona. Presentimiento, 2009


David Corona es un autor cuyo nombre ya se conoce y se respeta en el ámbito de la fotografía artística mexicana. Tuvo una educación dentro de las artes visuales (en la Escuela Nacional de Artes Plásticas) y participó en Fotoguanajuato, un exitoso programa de educación artística y profesional para fotógrafos. Ha recibido becas de varias instituciones estatales y ha expuesto su obra en diversos espacios en México y el extranjero. Su trabajo participa de una tendencia que se ha hecho consistente en la fotografía contemporánea mexicana: la construcción de narraciones soportadas por una iconografía ambigua, densamente simbólica y cargada de dramatismo.
En el caso de David Corona, el centro de esa iconografía es el espacio urbano, que él representa como un espacio irreal, o mitológico en última instancia. Son escenas que parecen anunciar la llegada de nuevos cultos, de nuevas ceremonias, de una ritualidad alternativa. O son sitios ocupados por la arquitectura y por los artefactos, o por estructuras que a veces resultan imponentes y en las que siempre hay un residuo de decadencia, como si la ruina fuera el inevitable destino de la utopía. No pueden mirarse esos espacios sin sentir el peso de una cultura visual marcada por referencias apocalípticas. Eso es lo que da el tono premonitorio a muchas de estas representaciones, extraídas, no de la vivencia inmediata, sino de la imaginación.

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jueves 19 de marzo de 2009

Espíritus, sombras y objetos encontrados. Lo invisible como presencia afectiva en la fotografía











1-Aliento sobre piano o la huella de una huella

Entre toda la producción fotográfica de Gabriel Orozco, Aliento sobre piano es la foto que más fascinación ha ejercido sobre mí. La parquedad del título, y su aparente apego al objeto que describe, no han impedido que dicho objeto se me presente siempre como enigmático. De hecho, creo que un título que se limita a describir, y que no interpreta la foto, ayuda bastante en un caso como éste, porque la relación con la imagen no se ve interferida por un texto de pretensión metafórica. El texto “aliento sobre piano” permite que me concentre en el hecho de que estoy observando la representación fotográfica de algo inasible, efímero y prácticamente invisible. El placer de ver una manifestación física de lo invisible hace que pase por alto la posibilidad de que el título sea una ficción. No tengo modo de comprobar que lo que fotografió Gabriel Orozco fue la huella del aliento sobre el piano. Pero una vez más me doy cuenta de que la verosimilitud de la fotografía descansa en la necesidad de que no se cuestione demasiado la veracidad de los enunciados que la complementan. Por otra parte, plantear así las cosas me obliga a aceptar que, en realidad, lo importante aquí no es tanto lo fotografiado (el supuesto aliento sobre el piano) como las dos imágenes que se están complementando: el aliento, como signo de vida o como signo de la esencia de la vida, y la mancha sobre el piano, como huella de un tránsito o de un pasaje.

Con esas dos imágenes se construye la parte narrativa de esa foto. Y este aspecto no debe ser desdeñado, sobre todo tratándose de una obra de Gabriel Orozco, quien logra, con la sobriedad del título y con la sobriedad de la foto misma, sostener un círculo de referencias entre fotografía y título, en el que ambos parecen describirse respectivamente. Esta suficiencia mutua de la descripción se rompe por el efecto sutil de la narración, porque la mancha sobre el piano no es el acontecimiento, sino el signo de un acontecimiento, el signo de algo que es susceptible de ser contado.

El relato de un acontecimiento es la reconstrucción de la imagen de algo que ha sido. Desde la fotografía de Gabriel Orozco, la mancha sobre el piano ha sido ante la cámara. Desde la mancha sobre el piano, alguien ha sido, alguien ha estado, alguien ha pasado por el piano. La foto de la mancha en el piano es una huella que ratifica la existencia de la mancha y del piano. Aceptando que la mancha y el piano estuvieron (fueron) ahí (puesto que ese es el enunciado de la foto) podemos aceptar que la mancha fue causada por el aliento de alguien, puesto que ese es el enunciado del autor, convertido en enunciado de la foto.

De modo que la mancha en el piano pasa a ser una huella que ratifica y relata la existencia de alguien que no está en la foto. Alguien que hizo notar su presencia (y su existencia) por medio de un elemento tan sutil como su propio aliento. Como el aliento es invisible, alguien acudió a la lustrosa tapa del piano (superficie “sensible” en última instancia) para “imprimir” ahí su huella.

El aliento deja su huella en la superficie del piano porque la vuelve opaca, es decir, porque reduce su capacidad reflejante o su capacidad especular. Así el aliento funciona como la sombra: hace que una superficie se enajene de la luz. El aliento y la sombra –constancias de vida y, en un sentido mítico, representaciones de esa alteridad propia que es nombrada como espíritu- sólo son perceptibles mediante una obstrucción, una limitación o una negación de la luz. De esa negación surge también la fotografía.

La tapa del piano funcionó como una superficie fotográfica. Cierto que sólo de manera efímera, pero el valor de la foto radica también en que retuvo o fijó ese momento, convirtiéndolo además en un momento significante. Y la pregunta es: ¿Qué es lo que significa esta fotografía de una mancha sobre la tapa de un piano? Significa que alguien estuvo de paso junto al piano, segundos antes de que fuera tomada la foto. Significa que ese alguien tenía vitalidad, y que la constancia de su vitalidad es constancia de su paso, más no de su presencia. Significa que la constancia de su vitalidad fue otorgada por algo imperceptible, como su aliento, y la constancia de su paso viene asociada a algo perceptible siempre en toda fotografía: su ausencia.

Hay algo que me identifica con ese ausente. Y eso implica para mí, ante todo, que algo me hace ser o, al menos, desear ser ese ausente. O simplemente debería decir: algo me hace desear a ese ausente. Tal vez la mejor manifestación de nuestra relación afectiva con la fotografía radique en el hecho de que, llevándonos a identificar una ausencia nos induce a identificarnos con lo ausente. Y que esa identificación puede ser descifrada como deseo.






lunes 26 de enero de 2009

Paradojas/Paradigmas. la fotografía contemporánea en México y la XIII Bienal de Fotografía


Gerardo Montiel. Volutas de humo. 2006-2007. Detalle de instalación fotográfica
¿Qué está pasando con la fotografía artística en México?
Mi primer impulso es suponer que la Bienal de Fotografía puede dar una respuesta a esa pregunta. Y tal vez sí, pero no necesariamente. O tal vez no necesariamente del modo en que usualmente lo pensamos.
Quiero decir que la selección de obras escogidas por el jurado de la XIII Bienal de Fotografía es representativa de la fotografía mexicana, pero no en el sentido sustitutivo que se le da generalmente al término “representación”. Este grupo de obras no está en lugar de la fotografía mexicana. Su representatividad proviene de que parece resumir una norma. Entonces, ¿qué es lo “normal” en la fotografía mexicana contemporánea?
Hace casi una década tuve la inocencia de escribir un texto donde revisaba el concepto de “fotografía construida” y su relación con diversas tradiciones artísticas, desde el surrealismo y el constructivismo hasta el conceptualismo y el postconceptualismo. Todo esto para encontrar una ubicación, dentro de lo normal, a varias tendencias de la fotografía mexicana que a mí, quizá por tener una mirada más extranjera o “extrañada”, me parecían muy coherentes con su actualidad, pero también con su historia.
Ya entonces me parecía ordinario encontrar dentro de la fotografía mexicana algunas claves que eran comunes a la práctica fotográfica y artística en muchos otros contextos culturales. Y también me parecía poco sorprendente descubrir que esas claves tenían conexiones con una tradición (tradición de ruptura, pero tradición al fin) que se remontaba probablemente a algunas de las experiencias modernistas. Ahora descubro además que esas claves persisten, con la única diferencia que han pasado a “normalizar” una situación que hace una década parecía mucho más subversiva.
Casi puedo repetir literalmente las palabras de hace 8 años: Ha cambiado la manera de concebir las relaciones de la imagen con la realidad, probablemente porque ha cambiado la manera de concebir la propia realidad. La imagen fotográfica ha dejado de verse como un objeto encerrado en su especificidad técnica y lingüística, ahora se ve y se piensa como un objeto mixto, abierto a cruces de lenguajes y referencias textuales. Los eventos se escenifican, los objetos se inventan, los sujetos se disfrazan. La ficción puede ser simultáneamente el tema, el soporte, el origen, el contexto, la epidermis y el significado de una imagen fotográfica. La fotografía se presenta como documento de un hecho estético previo. La experiencia visual resume un acto cognoscitivo que es en sí mismo una especie de invención del objeto de conocimiento. Todo con la finalidad de reconstruir su identidad, o de relatar una identidad altamente subjetivada. La imagen existe como paradoja más que como paradigma.

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viernes 21 de noviembre de 2008

Fotografía, arte y regímenes de creencia. Otros apuntes de ateología

José Luis Brea acaba de publicar en Letras Libres un artículo titulado Desmantelando el efecto de verdad del arte. Ése es un tema que me interesa mucho, sobre todo porque yo mismo me esfuerzo en "desmantelar" (antes hubiera dicho "deconstruir") el efecto de verdad en la fotografía. Después de leer el artículo de Brea sigo pensando que ese efecto de verdad ha sido construido como una especie de moral, de la que la interpretación parece ser lo mismo una herramienta que una extensión.
Esta lectura me parece oportuna para retomar el tema de los modelos visuales que supuestamente heredó y modificó el lenguaje fotográfico (modelos que, en principio, pueden ser localizados en un rango que va desde la pintura renacentista italiana hasta la pintura holandesa del siglo XVII). En esas asociaciones ya he usado el concepto de "regímenes visuales", aprovechando la terminología de Jonathan Crary y Martin Jay específicamente. Me parece muy estimulante el sesgo que propone José Luis Brea al sugerir que esos regímenes visuales sean entendidos como "regímenes de creencia".

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Masaccio. Crucifixión. 1426.


Esta posición parte de una hipótesis bastante razonable, la de la relación (la "alianza", dice Brea) entre "el asentamiento de la religión cristiana como relato de verdad dominante y el de la pintura como práctica dominante de organización y regulación de los imaginarios públicos..." Esto ayuda a relativizar bastante el supuesto de que hay una visualidad homogénea y hegemónica correspondiente a la racionalidad occidental y que puede ser localizada en torno al paradigma que establece la perspectiva lineal a principios del Renacimiento. En consecuencia, vuelve relativa también la idea de que hay una centralidad de la mirada que equivale al llamado antropocentrismo renacentista. José Luis Brea lo dice de una manera tajante, que no por inquietante deja de ser atractiva: "...es el cristianismo -y no la modernidad, como sugiere Martin Jay- el que es ocularcéntrico."
Una comparación puede ayudarnos a entender esta hipótesis. Brea contrapone la tradición hebrea (y yo incluiría la musulmana) a la cristiana, partiendo del hecho de que la primera es escritural. Por un lado tenemos el libro, por el otro tenemos la imagen (lo pictorial, dice Brea). Por un lado tenemos el verbo, por el otro tenemos el ícono. Según Brea el saber que constituye el conocimiento religioso en la tradición cristiana se formula en un orden visual. Yo extiendo un poco las implicaciones de ese planteamiento. Si para otras tradiciones religiosas, Dios es verbo, para el cristianismo Dios es también ícono. Me pregunto si el tránsito del verbo al ícono no será equiparable a la transición desde una versión de Dios hacia una per-versión de Dios. Por un lado tendríamos el verso y por el otro lo perverso.

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Caravaggio. Marta y María Magdalena. 1598-1599


Yo creo que lo perverso es una manera de lidiar con la fe. Pero también creo que la fe es uno de los orígenes de lo perverso. La perversión siempre nace de y subvierte un régimen de creencia. Lo digo suponiendo que lo que los psicoanalistas califican como un "discurso perverso" es un discurso que niega lo mismo que reconoce; un discurso que explora el reverso de una verdad cuya consistencia depende precisamente del discurso mismo. Por eso creo que si la fidelidad al texto pretende preservar la consistencia de la verdad que el texto enuncia y construye (consistencia que, paradójicamente, existe como inmaterialidad), la fidelidad al ícono (de alguna manera, "traición" al texto) esconde una desubicación de la verdad, que se resuelve reubicándola en el cuerpo.

Con el ícono, la verdad se materializa en la carne. Una cultura de íconos es más secular y más “moderna” en la medida en que dirige la mirada hacia el cuerpo. Hay que reconocer, con José Luis Brea, que “la tarea de genealogizar la fuerza de creencia que reside en las imágenes está todavía por hacer.” Pero no confundo “la fuerza de creencia que reside en las imágenes” con la fuerza de creencia que reside en los íconos, aunque lo segundo sea, en parte, una manera de administrar lo primero. En esa confusión advierto una zona de ambigüedad (probablemente la única) dentro del texto de Brea. Por momentos el texto me permite y me induce a pensar en un a fe o una teología sostenida en la figura, es decir, en la materialización gráfica de las representaciones del cuerpo. En otros momentos me lleva a reflexionar sobre los modos en que esas figuraciones sacan provecho (básicamente mediante una reelaboración estética) de nuestra predisposición para intuir lo sagrado en la intangibilidad de las imágenes.

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Joel Peter Witkin. Poet. From a collection of relics and ornaments. 1986

Desde ahí logro entender mejor que Brea plantee como finalidad principal de su artículo el “situar ese origen de la fuerza de creencia que se asienta en las imágenes (…) en sus remotos usos religiosos” y que invoque a Walter Benjamin para calificar esa fuerza como “de un cierto orden teológico, o acaso y como poco cultural.” Aquí haría yo una disgresión, pues en las traducciones de Walter Benjamin que he leído siempre me ha llamado la atención el uso que hace del término cultual en el contexto de su definición del aura de la obra de arte. Tal vez por eso no puedo evitar leer como “cultual” lo que José Luis Brea escribe como “cultural”. De todas maneras, lo cierto es que apenas empiezo a comprender mejor que detrás de esa noción de “aura” (detrás de esa “lejanía” que menciona Walter Benjamin) se encuentra la posibilidad y la necesidad de lo sagrado. Creo que esa idea de lejanía puede conciliarse con la idea de Reiner Schürmann (citado por Derrida) de que “la noción de sagrado pertenece al contexto de lo original”. Finalmente, si me permiten vulgarizar un poco el discurso de Walter Benjamin, su reclamo ante la posibilidad de que el aura se perdiera en las condiciones de la “reproductibilidad técnica” puede ser leído como un rechazo a la pérdida de la originalidad, pero no de una originalidad que conduce al autor, sino una originalidad que más bien conduce al contexto primigenio (y “lejano”) de lo imaginario.

No me siento en condiciones de rebatir la aprensión de Walter Benjamin ante la posibilidad de la pérdida del aura en la reproducción fotográfica de la obra de arte. Pero en la medida que voy acomodando su definición del aura a mi propia comprensión del tema, me convenzo más de que la fotografía heredó y amplificó esa capacidad para hacernos sentir (a veces como nostalgia, es cierto) la certeza, a veces dolorosa, de la lejanía. Esa especie de simulacro de la pérdida, el deseo y la posesión, que compone nuestra relación estético-erótica con la fotografía, es la manera moderna de vivir el aura del objeto fotográfico. Lo cual no sustituye, pero sí viene asociado a, nuestra confianza en la fotografía, puesto que dicha confianza es básicamente un acto de fe.

Ahora estoy convencido de que eso era lo que tenía en mente Benjamin Mayer cuando escribió, en su prólogo al libro Herejías, de Pedro Meyer, que el paso de lo analógico a lo digital es “el correlato de la ruptura radical de cierto orden teísta”. Mayer lo explica de una manera más sofisticada, pues para él se trata de la sustitución de la noción de centro por la vivencia reticular, descentrada y desjerarquizada del mundo (lo cual implica aceptar la deslocalización absoluta de Dios). Pero en el fondo de esas sustituciones yo veo la capacidad que tiene la manipulación digital para subvertir los regímenes de creencia que durante más de siglo y medio tuvieron su soporte en la reproducción fotográfica del imaginario occidental.

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Hendrik Kersten. Redecilla

lunes 20 de octubre de 2008

Aquí se vende la felicidad. La dimensión existencial del ícono en la obra de Pedro Meyer

aquí se vende la felicidad

Pedro Meyer. Aquí se vende la felicidad. Houston, 2006

1- Experiencia estética y cultura post-fotográfica

En la compilación que hizo Martin Lister, titulada La imagen fotográfica en la cultura digital, hay un ensayo de Kevin Robins que tiene como título una pregunta: ¿Nos seguirá conmoviendo una fotografía? La postura de Kevin Robins es clara. Después de exponer un estado de opinión bastante generalizado, que parece presagiar la “muerte de la fotografía”, el autor hace una crítica de la cultura digital o, más bien, de los discursos que asocian el desarrollo tecnológico con la idea de progreso, de una manera tan radical que implica lo que el propio Kevin Robins califica como “una falsa polarización entre el pasado y el futuro”, donde el pasado sería la fotografía y el futuro sería la cultura digital. Voy a permitirme citar una frase de Robins que resume su posición crítica en este debate:

El debate sobre la postfotografía se ha obsesionado con la “revolución digital” y por la forma en que esto está transformando los paradigmas epistemológicos de la visión. La preocupación predominante se centra en los aspectos teóricos y formales que se ocupan de la naturaleza y del estatus de las imágenes nuevas. Aunque resulte extraño, hoy en día parecemos sentir que la racionalización de la visión es más importante que las cosas que realmente nos afectan (amor, miedo, tristeza…)

Entonces ¿existen formas de proceder constructivamente contra lo digital (sin convertirnos en contrarrevolucionarios, por así decirlo)? Para mí, es una cuestión de que exista o no la posibilidad de introducir o reintroducir lo que podría llamarse simplemente dimensiones existenciales en una agenda que se ha convertido predominantemente en algo conceptual o racional…Se trata de nuestra capacidad de ser conmovidos por lo que vemos en las imágenes…

De una manera más simple yo quisiera aclarar que mi atracción por la tesis central de este ensayo no me impide detectar los matices que tiene este problema de la llamada “revolución digital”. Primero, entiendo que esa dimensión existencial, de la que habla el prestigioso académico británico, corresponde a (además de ser el contexto de) la experiencia estética de la que forma parte nuestra relación con las representaciones figurativas. Lo que él llama nuestra capacidad para ser conmovidos por lo que vemos en las imágenes, no es más que nuestra capacidad para relacionarnos estéticamente con el mundo. Volveré sobre ese punto porque sí creo que ése es justamente el punto que ha sido desatendido en el debate sobre el impacto de la cultura digital en nuestras vidas.

Pero si me molesta que ese punto sea desatendido es precisamente porque también creo que la cultura digital puede transformar –y, de hecho, transforma- los modos en que vivimos, racionalizamos y comunicamos nuestras experiencias estéticas. Y aquí ya no estoy hablando solamente de cultura digital, estoy hablando de la cultura en un contexto donde los medios de comunicación masiva parecen poseer una especie de hegemonía. Porque creo que si hay una “revolución visual” no es en el contexto aislado y aséptico del desarrollo tecnológico. Es en un contexto contaminado, interesado e incluso politizado, donde rigen técnicas de comunicación y persuasión colectiva dirigidas a estandarizar nuestra percepción del mundo, nuestro conocimiento, nuestros juicios y también nuestros gustos y nuestro universo estético. Esa estandarización tiene mucho de anestesia.

Y aquí es donde vuelvo sobre la cuestión de la dimensión existencial. Yo creo que en esa dimensión existencial se reivindica al individuo frente a los procesos de estandarización propios de la sociedad de masas. Y en esa dimensión existencial se reivindica también la dimensión estética de nuestra existencia, en la cual –y es solamente una hipótesis- podemos localizar muchos de los referentes de nuestra propia experiencia de libertad.

¿Qué conclusión derivo de estas especulaciones? Que la obra de Pedro Meyer merece un análisis que tenga en cuenta esa dimensión existencial y ese universo afectivo del que surge y al que se refiere. Porque, de hecho, la manera en que nos relacionamos con esa obra no puede ser ajena a esos aspectos. Y porque, además, esa es la condición que sigue marcando nuestra relación con cualquier objeto estético.

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Pedro Meyer. Cementerio chino. La Habana, 1979

Mi suposición de que cualquier experiencia estética –al menos en al campo de la cultura visual- involucra lo erótico, lo mágico, lo misterioso, lo ilusorio e, incluso, una intuición de lo sagrado- se ha reforzado mirando y relacionándome con la obra de Pedro Meyer. Mi sospecha de que, en el caso de la fotografía, esos referentes se refuerzan en una experiencia que involucra el goce ante la semejanza (o ante la sutil presencia del doble), tanto como el consumo estético de la pérdida o la desaparición del original (lo cual involucra también una particular vivencia del tiempo y el espacio) también se ha reforzado en mi relación con la obra de Pedro Meyer. Y mi convicción de que todos estos aspectos afectan y condicionan nuestra relación con el documento fotográfico, igualmente se ve reforzada a partir de mi contacto con la obra de Pedro Meyer.

En consecuencia, creo que una obra que ha sido tan discutida desde el pretexto de su origen técnico (lo cual me recuerdo que la fotografía analógica fue discutida de igual manera en sus orígenes) alcanza mayor plenitud y mayor efectividad como objeto estético cuando es aceptada precisamente como objeto estético y no como “momento” técnico. Eso implica desplazar los ejes teóricos de la discusión, pero, sobre todo, implica desplazarnos desde el espacio de la discusión teórica hacia el espacio del goce.

 

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martes 16 de septiembre de 2008

Yo soy mi propio Elegguá (Entrevista con Marta María Pérez. Mayo de 1995)

Estoy rescatando unas entrevistas que hice a varios artistas cubanos entre 1994 y 1995. Ya puede consultarse la que hice a Gory, en mi blog Página en blanco, o bajar directamente el PDF en http://static.scribd.com/docs/5zlxsotvq0z5y.pdf

Aquí ofrezco ahora unos fragmentos de la entrevista que hice a Marta María Pérez. Mientras tanto, voy transcribiendo una que le hice a José Angel Toirac. Todo este material es inédito. Puede ser atractivo para los estudiosos de la fotografía cubana.

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Marta María Pérez. Caminos. 1990

JAM: ¿Cómo aprecias la relación entre tu fotografía y las artes plásticas?

MMP: Mi relación con la fotografía es de amor y de odio. He tratado de zafarme del medio fotográfico y no he podido. Pero a la vez me molesta muchísimo estar dentro de los parámetros comerciales y técnicos de la fotografía. Por eso no me considero fotógrafa. De hecho, mis fotos son técnicamente imperfectas. Cuando yo veo una buena fotografía, me pregunto: _ ¿Qué hago yo metida en este asunto?_ Esa es la relación más primaria que tengo con la fotografía.

El desarrollo de mi trabajo me fue llevando a la necesidad de usar la fotografía como una documentación de ciertos hechos. Porque empecé acercándome a la realidad con un interés investigativo. Primero, concentrada en el tema de las supersticiones populares, aunque no eran estudios rigurosamente etnográficos o antropológicos. Después, cuando salí embarazada, trasladé todos esos intereses al tema de la maternidad. Y entonces comencé a usar mi propio cuerpo porque era la mejor manera de hablar de mi propia experiencia.

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Marta María Pérez. De la serie Recuerdos de nuestro bebé. 1988

JAM: Al usar un documento tú recurres a lo que se considera intrínsecamente fotográfico. Pero al mismo tiempo parece que estás manipulando esa especificidad de la fotografía.

MMP: Es que para mí lo más importante es la idea. Tratando de representar cada idea yo trato de usar los elementos mínimos. Incluso cuando se trata de mi propio cuerpo. La fotografía viene a registrar el resultado de todo ese proceso, pero lo importante para mí es su trasfondo conceptual. No pretendo construir una imagen como si fuera una ventana, para que alguien descubra algo interesante. Quiero que el espectador encuentre algo parecido a la misma idea de la que partí yo.

JAM: ¿Tu cuerpo no significa algo más que tu cuerpo? ¿Tu imagen no significa algo más que tu imagen?

MMP: Sí, pero solamente en la medida en que trato de usar la representación del cuerpo para hablar de cosas universales. No me interesa la individualidad, con su carga egocéntrica. Me interesa hablar del ser humano en sentido general.

JAM: Tu obra ha sido calificada como feminista…

MMP: A mí no me interesa el feminismo. En el fondo, no lo comprendo. Yo no estoy involucrada en una valoración de las relaciones entre la mujer y el hombre. Hay cosas de la realidad que me tocan, pero yo puedo obviar eso en mi obra. Que usen mi obra como símbolo del feminismo no entra en mis intereses. Tampoco puedo prohibirlo, pero si me preguntan, digo que no.

Es cierto que yo toco temas femeninos, a veces inconscientemente, pero es porque soy mujer, no porque me interese el feminismo. Estoy segura de que, si fuera hombre, haría una obra semejante.

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Marta ´María Pérez. Para la entrega. 1994

JAM: Aunque tu obra no sea feminista (y tal vez no sea tan “fotográfica”) lo cierto es que eres la voz femenina más sólida con que cuenta la fotografía cubana en este momento. ¿No te has puesto a pensar que la fotografía cubana mantiene un discurso esencialmente masculino?

MMP: Sí. Y no sólo ocurre en la fotografía, sino también en el resto de las artes plásticas. Aunque ya eso ha cambiado bastante. Pero cuando yo estudiaba, en mi grupo había cinco o seis mujeres, y había otros grupos en los que solamente había una mujer.

Yo tengo una opinión muy radical, y probablemente “feminista”, y es que yo creo que un gran porciento de las mujeres artistas, en Cuba, son buenas artistas, mientras que con los hombres no pasa igual. Tal vez eso se deba precisamente al nivel de competencia que debe enfrentar la mujer.

JAM: ¿Ha habido algún cambio en tu obra más reciente (entre 1984 y 1995)?

MMP: En general no ha habido cambios. Sigo interesada en el miedo a la muerte y en la vida misma. Sigo representando objetos rituales. Mi trabajo se vincula con la religión de una manera primaria. De la misma manera en que puede vincularse cualquier persona en Cuba. Es un tipo de relación natural, y yo lo asumo así porque es parte de mi cultura, aunque no pertenezco a ninguna religión específica. Pero me siento inclinada por todas las religiones.

En general me interesa mucho la mezcla religiosa que hay en Cuba. Porque, además de que es muy rica formalmente, y desde el punto de vista expresivo, está muy relacionada con la vida cotidiana, con los problemas del ser humano ahora mismo, y no después de la muerte. Eso, sin dejar de valorar su esencia espiritual.

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Marta María Pérez. Ossain (copia de autor). 1994

Todo esto se concentra en un individuo (que en este caso soy yo misma). Hay fotos, como la de Ossain, que no necesariamente puede ser identificada por todos. Igual pasa con una campana o con la figura de Elegguá, que ya de por sí es antropomorfa. Me interesa lo que significa eso para los creyentes. Él (Elegguá) cierra y abre los caminos. Tiene que ver con el destino de las personas. Y yo traslado eso a mí propia experiencia.

Yo soy el Elegguá de mí misma. Pero lo que me depara el destino, yo no lo sé…

lunes 25 de agosto de 2008

Maru de la Garza: la memoria se resuelve en la carne

La carne piensa, el cuerpo reflexiona, la materia elabora, los átomos razonan. y estos procesos complejos se desarrollan en la envoltura de un ser reductible a su nombre.

Michel Onfray

La obra de Maru de la Garza aborda simultáneamente varios de los tópicos del arte contemporáneo; a saber: la relación entre lo público y lo privado, la representación del arte como terapia y la representación de una identidad que se configura como pluralidad, como reconstrucción del yo en la vivencia del otro.

En las condiciones de la cultura contemporánea, la relación entre lo público y lo privado ya está siendo cuestionada -con un sesgo marcado por los discursos del psicoanálisis y el post-estructuralismo- como una relación entre la memoria y el secreto. La reformulación de este tema se deriva también de los nuevos espacios abiertos por el Internet, para la circulación de la información. Los expertos en el tema hablan de un "pasaje del secreto basado en el soporte biológico del cuerpo y la psique al soporte digital como son el laptop y el celular." (véase http://www.capurro.de/secreto.html)

En el caso de Maru de la Garza lo secreto adquiere una paradójica condición, en tanto no se refiere a algo protegido en un territorio íntimo, sino a algo olvidado. El secreto entonces tiene que ver más con la pérdida que con la prohibición. Pudiera decirse que la información se ha vuelto (absolutamente) secreta en la medida en que se ha vuelto irrecuperable.

En tal sentido, la memoria parece inasible lo mismo para el cuerpo que para el aparato. La obra de Maru de la Garza resuelve ese conflicto siempre en términos de representación. Es decir, es una obra que relata el vínculo entre la memoria y la carne, tanto como imagina la supresión del secreto por la publicación -tecnología mediante- del discurso. Creo que lo que aparece como performance en algunos de sus trabajos es básicamente un intento de restablecer el equilibrio entre el cuerpo y la tecnología como herramientas -silenciosas- para la construcción del discurso.

La piel de la memoria, un video-performance-instalación que la autora realizó en 2007, es probablemente el tipo de obra que mejor resume esa situación. La propia artista aparece ahí "habitando" una especie de celda, amueblada con una cama, una mesa y un sillón y restringida por dos paredes de espejos. La cámara permanece fija desde el ángulo superior, como un mecanismo panóptico que se complementa con los espejos.

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Maru de la Garza. La piel de la memoria (still del video). 2007

En esta instalación, la función del arte como terapia tiene como derivación interesante la puesta en escena del espacio clínico como espacio de la experiencia estética, donde lo estético amplifica y subvierte un contexto de vigilancia, control, represión y enajenación.

Además de aludir a un esquema de vigilancia, los espejos sirven para crear ese efecto de desdoblamiento que tan significativo resulta en la mayoría de las obras de Maru de la Garza. Desdoblamiento que en esta pieza en particular remite también a una experiencia esquizofrénica, tanto del espacio como del sujeto.

El espejo es el detonador para una acción llena de implicaciones y derivaciones discursivas. En cierto momento Maru de la Garza saca una cámara polaroid y comienza a fotografiar su propio reflejo. Va colocando consecutivamente cada foto en el espejo, de modo que la segunda foto reproduce, no sólo su imagen (como fotógrafa y como fotografiada), sino también la fotografía que le antecedió, y así sucesivamente. Maru construye así una secuencia tautológica, donde su cuerpo se refiere a sí mismo, tanto como la imagen fotográfica se refiere solamente a la fotografía. Es un procedimiento similar al que siguió Michael Snow para hacer la obra Authorization, en 1969. Si de aquella obra habló Phillipe Dubois como de un "dispositivo" que exhibía lo fotográfico, de ésta podemos hablar como de un dispositivo que niega y subvierte lo fotográfico. En ese sentido, no es insignificante que Maru haya usado para sus tomas una película ya vencida, de manera que las fotos resultantes (probablemente las mismas que componen su serie Recuerdos, de 2007) están casi totalmente oscurecidas, manchadas y "corrompidas".

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Maru de la Garza. Recuerdos (detalle). Polaroid. 2007

Yo encuentro analogías entre la doble situación de mutismo y exhibicionismo discursivo que reconstruye este video, y la doble (y también paradójica) situación de invisibilidad y exposición al espejo y la cámara (ambos, dispositivos de la identificación) que reconstruye la serie de fotos. Pero también encuentro conexiones con el hecho de que recientemente, Maru de la Garza haya acudido a los desechos del estudio fotográfico para construir alguna de sus instalaciones. Tanto la foto inservible como el residuo fotográfico se constituyen en metáforas de lo irrecuperable. El signo, en esas condiciones, tiene algo de disfuncional, y su desciframiento no conduce a otra revelación (incluso en términos fotográficos) que la de su propia imposibilidad.

He dicho que la memoria se resuelve en la carne, pero analizando las obras de Maru de la Garza me veo obligado a acotar: ¿la memoria de quién? Porque lo cierto es que uno de los ejes fundamentales de su trabajo consiste en la búsqueda de un complemento en el discurso ajeno para su propio discurso. Eso es lo que da relevancia en su obra a la búsqueda constante del testimonio, y es lo que hace que lo documental sea, más que una cualidad, un método para lograr esos efectos de sustitución y complementariedad de diversos sujetos, en los que se basa recurrentemente su trabajo. En este contexto no puedo conformarme con la idea de "un ser reductible a su nombre", como el que imagina Michel Onfray en su análisis del epicureismo. La obra de Maru de la Garza parece estar jugando con la posibilidad de que su cuerpo (y, en consecuencia, su memoria) responda a nombres diferentes (Raúl y yo, 2003-2004, es ya una experiencia suficientemente ilustrativa al respecto).

Lo que tiene esto de "anormal" es también lo que tiene de eminentemente estético. Si mi memoria se resuelve en mi carne es por medio de una experiencia estética, en la que sumo al goce de descubrirme como yo mismo, el placer insuperable de descubrirme como el "destino" de otro.

Mi cuerpo abierto a otros nombres y a otros secretos...

jueves 12 de junio de 2008

Tlatelolco, entre la huella y el síntoma

Una obra reciente de Enrique Méndez de Hoyos

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En los últimos años, la obra de Enrique Méndez de Hoyos ha estado fluctuando entre la producción fotográfica, el video, la instalación e, incluso, intervenciones de corte performático. Esta versatilidad, muy propia de un artista abierto a la experimentación y la pluralidad de lenguajes, no parece responder tanto a una curiosidad por las opciones tecnológicas y metodológicas a su disposición, como a un afán de establecer nexos entre distintos sistemas semiológicos. Enrique Méndez de Hoyos pone todo el énfasis de su obra en el aspecto comunicativo, incluso en los casos frecuentes en que introduce una lectura crítica de los discursos políticos o una revisión deconstructiva de los textos y los documentos asociados al control y la disciplina.

Síntomas y huellas (su más reciente obra) amplía esas lecturas críticas al juicio sobre la relación entre la historia y el documento; para lo cual no deja de ser útil esa referencia sutil a un posible carácter residual del signo y al más evidente carácter fragmentario de la memoria. Concebida como una instalación en la que se proyectan dos videos simultáneamente, la obra no excluye la posibilidad de exhibir también una serie de fotografías que niegan la diferenciación habitual entre “documento” y “ficción”. Probablemente esas fotos sean una documentación de una ficción o de una puesta en escena. Pero esa puesta en escena es un testimonio de las fricciones y las ficciones con que se constituye ese ámbito resquebrajado que es la memoria colectiva.

Por medio de la simultaneidad visual y narrativa, los videos construyen una trayectoria de desencuentros entre dos personajes (un vagabundo y un travestí) quienes vagan por el espacio de Tlatelolco, inmersos, uno en la obsesión y el recuerdo, el otro, en la enajenación y la autosuficiencia. Ambos representan un universo de dualidades: ser hombre y mujer al mismo tiempo, vivir entre la cordura y la locura y entre el pasado y el presente. Para ellos, Tlatelolco es más que un escenario, es la alegoría de una yuxtaposición histórica y cultural. Es el lugar de la muerte y la supervivencia.

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Tlatelolco es la huella y el síntoma. Como síntoma, es la evidencia que denuncia el trauma y la enfermedad. Como huella, es la prueba de un contacto doloroso, es el residuo de un tránsito o de múltiples pasajes y es la reafirmación de un lugar. Tal vez la arqueología ha venido a demostrar, mejor que nada, que son las huellas y los signos los que dan sentido de emplazamiento a un lugar. Tal vez sin la arqueología sería más difícil entender que la historia sólo existe como fragmento y que lo histórico está asociado siempre a un lugar. El subsuelo de Tlatelolco ha sido consagrado por la arqueología, el suelo ha sido consagrado por la historia.

Quiero decir que quizá la historia de México no existe. Que a lo mejor basta con la historia de Tlatelolco, o de cualquier otro sitio. Que la historia se repite, como un ciclo consuetudinario, no es la mejor conclusión. Que hay múltiples historias, paralelas, y que a veces se repite una en la otra, me parece más convincente. La imagen fugaz de un edificio que se desploma, en uno de los videos que componen esta obra, tiene una sutil calidad especular. Al verla me llené de expectativas. No sé si esperaba ver a continuación los carros blindados o las torres gemelas. Lo cierto es que todo derrumbe parece ser el inicio de algo. Como si de veras, en el origen siempre debieran estar el caos y la ruina.

Pero lo que parece estar en juego para Enrique Méndez de Hoyos no es la historia en sí (como proceso ni como relato), sino la disyuntiva entre recordar y olvidar. En todo caso, esta obra está basada en la reelaboración estética de la memoria, en la sustitución del recuerdo por la alegoría y en la cancelación del relato por la performance. Y todos esos procesos parecen tener una finalidad terapéutica o, al menos, profiláctica. El graffiti que aparece al principio del video, reproduce una frase que Monsiváis atribuye a Nietzsche en su ensayo sobre La manifestación del silencio: “Es imposible vivir sin olvidar”. Ahí, más que una conclusión, se plantea una disyuntiva.

Esa disyuntiva es la que encarnan los dos protagonistas del video (Porque llega el tiempo –dice Monsiváis- en que el cúmulo de las situaciones vividas, de tan extremo y de tan recordado, deja de proyectarse ante nuestros ojos como película o como desvarío y abdica de su calidad episódica para mostrarse como nuestra carne y nuestra sustancia, inflexión de la voz y titubeo en el andar). Mictlantecutli ha dejado su reinado y ahora es un homeless que busca restos de comida, y colecciona latas de refrescos, cajitas felices de McDonald y cajetillas de cigarros vacías. No tiene memoria (ni siquiera recuerda quién es), pero encarna una memoria, convertida en estigma, en mugre, en pústula. Xiuhtecuhtli también ha olvidado. Se balancea en el columpio, se contonea al borde de la calle, toca a las puertas que nunca se abrirán, posa con displicencia sus tacones breves sobre las huellas de otros. Ofrece su carne como si fuera la carne de Dios. Ofrece su desmemoria esquizofrénica como si fuera su última voluntad.

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Si la historia se resuelve en el lugar, la memoria se resuelve en la carne. Si la arqueología nos enseñó a comprender lo primero, la semiología nos enseña a comprender lo segundo. La obra de Enrique Méndez de Hoyos vuelve al origen clínico de la semiología. Por eso, más que de signos, parece construirse de cicatrices, de heridas mal cerradas, de morbos disfrazados, de delirios y metástasis.

sábado 31 de mayo de 2008

El último en morir

 

Cuando fotografiaba una de las batallas de la Segunda Guerra Mundial, del otro lado del Rhin, Robert Capa anotó en su diario: "Yo tenía la imagen del último hombre que murió. El último día algunos de los mejores murieron. Pero los sobrevivientes olvidarán rápido." La foto a la que se refiere Capa muestra el cuerpo de un soldado muerto a la entrada de un balcón. Abajo, en el primer plano está el charco de sangre espesa, cuya textura se realza por la luz que viene del exterior, otorgándole un sitio privilegiado en la composición. Es una foto resuelta en claroscuros, donde el cuerpo del hombre es apenas un bulto sin identidad, definible más por el brillo del casco y de la sangre que por el propio rostro. La foto no muestra ninguna acción, sino más bien una pausa entre el final de una acción y el comienzo de otra. En esa pausa se destaca el hecho más trascendental y cotidiano de una guerra: la muerte.
Esta, como la mayoría de las fotos de Robert Capa, es una imagen dramática. No sólo por el hecho fotografiado, sino por la forma misma en que se fotografió. Hay un añadido de elementos retóricos destinado a subrayar el significado de la imagen. Por una parte está la relación entre el hombre muerto y el pedazo de paisaje, tal vez apacible, que se ve a través de la ventana abierta, con un par de árboles deshojados. Por otra parte está el contraste entre la luz suave del exterior y la semipenumbra del interior que amplifica la plasticidad de la sangre, no en busca de una belleza pueril, sino como soporte de una metáfora sobre la vida y la muerte.
La muerte no es fotografiable porque no es un hecho, sino un tema. Cuando un fotógrafo trata de fotografiar la muerte como un hecho, como una noticia, como una anécdota, la viste de esa trivialidad que es tan común hoy día en los medios de comunicación.
Si viéramos esta foto de Robert Capa como una simple imagen informativa, nos diría muy poco sobre la guerra. Tan sólo que un hombre murió. Para el record vale saber que es el último muerto de ese combate; pero tal vez fuera el primero del próximo. El cuestionamiento a que induce esta imagen es la utilidad de este muerto y de esta guerra: ¿Servirá de algo a los sobrevivientes?
Creo que todas las fotos que tomó Capa en cinco guerras diferentes estuvieron guiadas por un objetivo común: evitar que los sobrevivientes olvidaran. Aquí es importante señalar la paradójica situación de la fotografía respecto a la memoria. Supuestamente la imagen fotográfica tiene en sí misma todas las potencialidades para servir de receptáculo a un fragmento de nuestra memoria, y para servir de puente, no sólo semiótico, sino también afectivo, entre nosotros y un aspecto de nuestro pasado. Parte del prestigio de la fotografía reside en esa capacidad documental y conmemorativa, en tanto aporta datos sobre una circunstancia pasada y en tanto ratifica, verifica y legitima otros datos aportados por el relato histórico.
Sin embargo, el uso público de la imagen fotográfica tiende a neutralizar su capacidad conmemorativa y tiende a crear un muro de alienación entre la foto y sus receptores. Esa enajenación se expresa en la falta de compromiso entre los espectadores y las imágenes. Sabemos que la foto de hoy será sustituida mañana por otra, tal vez más espectacular, siguiendo (o estableciendo) una temporalidad que es ajena al tiempo real y a nuestra convencional noción de lo histórico. En esa continuidad se disuelven los significados, y junto con ellos, nuestra propia responsabilidad como receptores.
En un conocido ensayo sobre los usos de la fotografía, John Berger expresaba su escepticismo ante la posibilidad de una verdadera asimilación de la imagen en las circunstancias actuales. El suponía que las fotos verdaderamente comprometidas con la
historia -entre las que se encuentran indudablemente las de Robert Capa- encontrarían su
realización total en una circunstancia futura, un "futuro alternativo". La fotografía sería así, en palabras de Berger, “...la profecía de una memoria social y política todavía por alcanzar".
Dado que la posibilidad de un futuro alternativo tampoco se ve muy clara por el momento, yo prefiero pensar en el aprovechamiento de circunstancias de comunicación alternativas, que también existen en el presente, como también es posible encontrar en el presente espectadores o lectores alternativos para la fotografía.
Cuando cubrió el ataque a Troina, un pequeño poblado de Sicilia, Robert Capa escribió que las fotografías tomadas eran simples y mostraban cuan agotadora y poco espectacular era la guerra: "El impacto de las imágenes depende de la suerte y la transmisión rápida, y la mayor parte de ellas no significan nada el día después de su publicación. Pero el soldado que mire estas fotos de Troina, diez años después en su casa de Ohio, podrá decir: Así es como fue".
Probablemente para el fotógrafo fuera ese soldado hipotético el espectador alternativo al que me estoy refiriendo. Un sobreviviente de la guerra, pero también un sobreviviente de la amnesia y la idiotez colectivas.
En dirección contraria a las nociones de heroísmo ya vulgarizadas por los medios masivos, o a los conceptos grandilocuentes en nombre de los cuales se hacen las guerras hoy día, la épica de Robert Capa estuvo basada en un realismo afectivo. En la búsqueda de que el documento sirviera de nexo afectivo entre el individuo y su memoria o entre la sociedad y su historia. Más que un fotógrafo de guerra, Robert Capa fue un fotógrafo de la historia. El tema de su obra fue la situación del individuo frente a las fuerzas de la historia, que lo rebasan y lo aplastan. Esa es su cuestión filosófica. Ahí reside su lado trágico y su verdad estética.
Si los medios masivos actualmente han puesto en crisis la veracidad de las imágenes, no es por la posibilidad de la manipulación (ya que dicha posibilidad siempre ha existido) sino por la trivialidad de los significados. La verdad de una fotografía no debe ser buscada en la información, sino mediante la revisión (y a veces, mediante la subversión) de los significados. Capa quería salvar el significado de sus imágenes de la banalidad y la inmediatez, liberándolas de una circunstancia concreta y convirtiéndolas en documentos de la naturaleza humana. Le confirió a muchas de ellas un carácter simbólico y poético.
No es una poética de las formas buenas ni del impacto fácil, sino del compromiso entre el fotógrafo y lo fotografiado. Tal compromiso se aprecia tanto en las fotos como en los escritos del autor, también excelentes ejemplos de narrativa periodística. La manera en que describe la imagen comentada al inicio es una muestra de ello:
En la esquina había un moderno edificio de apartamentos, desde donde se dominaba el puente, y yo subí hasta el cuarto piso para ver si la última foto de los hombres de infantería que avanzaban pudiera ser la última foto de la guerra para mi cámara. Instalando una ametralladora para cubrir la avanzada, un sargento y uno de sus hombres salieron hacia el balcón desprotegido. Los miré desde la puerta. Cuando la ametralladora estuvo lista el sargento regresó. El joven soldado comenzó a disparar.
El último hombre disparando la última arma no era muy diferente del primero. Por el momento las fotos irían a Nueva York, nadie querría publicar las fotos de un simple soldado disparando un arma ordinaria, Pero el chico tenía un rostro joven, abierto, limpio, y su arma todavía estaba matando fascistas. Apreté el obturador, mi primera foto en semanas y la última del chico vivo.
Silenciosamente, el tenso cuerpo del tirador se relajó y cayó hacia atrás dentro del departamento. Su rostro no cambió, excepto por un estrecho hoyo entre sus ojos. El charco de sangre creció junto a su cabeza caída, y su pulso dejó de latir...

Una versión de este artículo fue publicada en Replicante número 15

lunes 12 de mayo de 2008

Arqueologías de Ernesto Ramírez



Ernesto Ramírez busca poner esta ciudad, tan aplastante, a una escala humana y lo que encuentra es detritus. La escala humana es aquí la escala del desecho. Es la basura lo que le da un perfil humano al entorno. Es la ruina lo que testimonia nuestra actividad y nuestra presencia. Son la impureza, la fealdad, la estridencia y la falta de armonía las que constituyen aquí el espacio de la experiencia estética. Y la experiencia estética de un espacio caótico, difícil de subordinar a una medida y difícil de sustraer de ese orden propio que es el azar. Tal vez por ahí puedan descubrirse las claves de una poética de la acumulación y de la improvisación. O las claves de esa especie de aleatoriedad que enfrenta cualquier trabajo fotográfico realizado en las calles de la ciudad de México, aun cuando se mantenga en los límites de lo documental o lo testimonial, y aun cuando parezca surgir y mantenerse dentro de los límites de lo previsto.

Casi por azar he dado con una palabra clave para comenzar un comentario sobre el trabajo de Ernesto Ramírez: lo previsto; lo pre-visto.

Esta es una ciudad muy fotogénica. Hay que estar muy ensimismado para no mirar fotográficamente esta ciudad. Y hay que estar muy anestesiado para no cargar con una cantidad creciente de imágenes latentes. De imágenes pre-vistas. Una ciudad así es el reino de lo pre-visto. Tanto caos sólo puede sostenerse en el reino de la pre-visión.

Es difícil hacer aquí una fotografía que no sea pre-vista. Y es por eso que las fotografías de Ernesto Ramírez me agradan, pero no me sorprenden. Están –y quiero creer que eso es un mérito- demasiado cerca de la ciudad y demasiado cerca de mi escala. No estoy cuestionando su “originalidad” respecto a las normas y lo hábitos visuales que ya ha popularizado toda una tradición de fotografía en las calles del DF. Estoy señalando su cotidianidad y su inmediatez. Su apego a la intrascendencia.

Parecería que ese apego a lo inmediato se contradice con la intención de prever un futuro para lo fotografiado. El supuesto de una arqueología conecta la realidad espacial dentro de una escala temporal en la que el pasado adquiere un valor en tanto residuo. Desde una perspectiva arqueológica el pasado es fragmento, remanente, nunca totalidad, nunca integridad. Como alusiones al pasado, las fotos de Ernesto Ramírez siguen conservando la inmediatez. Eso es lo que tienen de gestual muchas de esas fotos. Todavía puede sentirse la presencia o la persistencia de las personas que intervinieron en esa realidad fotografiada. Porque esas fotos en verdad tratan de eso: de la intervención casual o intencional, en la fisonomía y sobre la epidermis de la ciudad. Incluso hay momentos en que sospecho que el propio trabajo del fotógrafo también incluyó intervenciones, más o menos clandestinas, más o menos subrepticias, más o menos marginales. Ese es el toque irónico que puede tener esta obra de Ernesto Ramírez, pues tanta fidelidad a lo fotografiado resulta en un roce con lo artificial, con lo performático y con lo inconcluso. Entre el accidente y el incidente. El fotógrafo, buscando lo accidental, ha terminado incidiendo, o tal vez, simplemente reincidiendo.

Como se ve, aunque la idea de lo arqueológico parece depender de la posibilidad de un futuro hipotético, lo cierto es que el trabajo de Ernesto Ramírez está más concentrado en el pasado inmediato. Y es que, en realidad, ya una arqueología del DF sólo es posible en la imagen. Sólo es posible como fantasía estética. Sólo es posible como ensayo.

Lo que tiene de ensayo visual esta obra de Ernesto Ramírez radica sobre todo en esa puesta en práctica de una experiencia de lo real junto con su contrario. Ensayar es, ante todo, tantear las distintas posibilidades de verdad que tiene un discurso. Y eso obliga a reunir en cada discurso su propio contra-discurso. Junto con una posibilidad de futuro, Ernesto Ramírez ha imaginado un posible pasado para poder ensayar las distintas opciones del presente. Por eso, cada una de esas fotos pudiera estar negándose a sí misma. Aquí lo urbano, lo utópico, la belleza y la civilización conviven con sus antónimos. Como el arte mismo parece convivir con la posibilidad de todos sus contrarios.

Juan Antonio Molina

martes 8 de abril de 2008

Fuera de lugar

Retratos y emplazamientos de Andrés Carretero

En mis últimos ensayos sobre fotografía he recurrido frecuentemente al término “emplazamiento”. En un principio me pareció incluso un término más o menos original. En la medida en que iba acercándome a determinado tipo de obras y a los textos escritos sobre las mismas, fui descubriendo que era un término mucho más usual de lo que yo pensaba. Ahora ya siento que hablar de emplazamientos, refiriéndose a cierta clase de fotografía e, incluso, a cierta clase de arte, es inevitable en las circunstancias actuales. Y es que el emplazamiento (yo suelo asociarlo al término “desplazamiento”) es una de las estrategias de representación más acorde con la sensibilidad y con el pensamiento que legitima al arte postmoderno. Con esto estoy atendiendo al hecho de que ciertamente el arte postmoderno es un arte fuertemente ligado al espacio, a la ubicación, a la heterotopía y al tránsito. Y que las técnicas de representación atienden siempre a un lugar. Incluso eso influye en el hecho de que muchas veces las técnicas de representación se convierten en técnicas de intervención o de obstrucción. En tal sentido, la relación entre arte y vida puede parecer cada vez más un eufemismo para referirse, no al lugar del arte, sino a un arte de lugares, es decir a un arte de espacios y de posiciones.

En este contexto, la obra reciente de Andrés Carretero no es una excepción. Su procedimiento es básicamente una combinación entre emplazamientos y desplazamientos. No habría otra forma de leer sus retratos, aun cuando se hubiera limitado a retratar; es decir, a colocar a ciertos sujetos en determinada posición frente a la cámara (o a emplazar la cámara en determinada posición respecto a los sujetos).

Pero en este caso el autor ha ido más allá, puesto que por medio del retrato solamente se acercó a un estadio elemental en la configuración de la identidad de las personas. Y la verdad es que ese tipo de retratos frontales, directos y frugales empiezan a funcionar ya desde hace tiempo como una forma muy económica de referirse a las identidades. ¿Quién es el retratado o la retratada? ¿En qué “consisten”? Normalmente eso importa menos que el hecho, aparentemente oculto, pero crucial, de que la relación entre el retratado y el retratista genera un particular estado de la realidad, del cual dependen, tanto la apariencia de lo fotografiado, como la construcción de la fotografía en tanto objeto estético.

Decía que Andrés Carretero ha ido más allá porque no se ha conformado con ese estado de lo real y lo ha manipulado –digamos que lo ha permutado- neutralizándolo de alguna manera, desplazándolo tal vez, reconstruyéndolo en la mayoría de los casos. Y, curiosamente, son esos procedimientos los que han contribuido a una más precisa configuración de las identidades con las que el fotógrafo ha estado tratando.

Imagino que si alguien está leyendo este texto es porque ya ha visto las fotografías en cuestión, así que no me voy a extender en descripciones innecesarias. Imagino que el espectador ya ha notado que todos los sujetos retratados tienen algo en común, y que muchas de las fotografías también tienen algo en común. Los fotografiados son todos albinos, pero además su ubicación -o sea, su relación con el lugar- tiene algo de sospechoso o ligeramente incongruente.

Es evidente que el artista ha trastornado de alguna manera la relación de estas personas con su contexto. El primer resultado de ello es precisamente un reforzamiento de sus propias marcas de identidad. Ese ligero –o no tan ligero- desajuste en la relación entre los sujetos y el espacio, es una señal que enfatiza sus características físicas y el funcionamiento de dichas características en la conformación y la representación de sus identidades. Sin embargo, y aunque el título de la serie es Fenotipos, lo cierto es que Andrés no ha abordado ese tema como si estuviera reducido a una serie de características físicas o a su condicionamiento genético. O sea, que no necesariamente tiene que ser leída esta propuesta en relación con los usos antropológicos y etnográficos que en otros momentos se le ha dado a la fotografía.

En realidad, el tema de la identidad (inevitablemente asociado al tema de la diferencia) se plantea aquí desde una perspectiva de relaciones sociales, que hallan su representación en los escenarios donde se realizaron las fotos. Por eso el set fotográfico deviene un ámbito metafórico y una especie de textualidad adjunta a la presencia física de los sujetos. Y por eso cualquier espectador podría experimentar cierta incomodidad al intuir que hay algo fuera de lugar, algo a lo que la mirada no se acomoda de inmediato, como si los sujetos, de hecho, hubieran sido desplazados por la cámara, en vez de ser emplazados ante la cámara.

En este fuera de lugar radica también la opción política de estas obras. Porque este desplazamiento (aunque sea imaginario) es una manera indirecta de llamar la atención acerca del desplazamiento a que se ven sometidas estas personas en el espacio social. Su propia condición les impide participar de ciertas actividades al aire libre, ya que no pueden someterse descuidadamente a los rayos del sol. En muchos contextos pueden ser percibidos como los raros, o los que están fuera de la norma. De alguna manera son siempre una especie de extranjeros en cualquier lugar. El acto fotográfico pudiera ser en este caso una manera de construir un contexto ideal en el que los sujetos fotografiados ya no parecen sujetos marginales. Al final, con su aire abstraído, parecen lucir una especie de paradójica normalidad y una suerte de dignidad confortable. También –y esto no es menos importante- hacen gala de una particular belleza, frágil y sutilmente vulnerable.

Pero quiero insistir en el aspecto político por otra razón. A mí me parecen irritantes –y no sólo por banales y pusilánimes- los procedimientos artísticos que se basan (y generalmente se agotan) en la manipulación jocosa de los sujetos, desde una falsa posición de poder intelectual y social. Generalmente esas prácticas esconden una prepotencia que reproduce, en el espacio del arte, un sistema de relaciones sociales basadas en la desigualdad de clases, el racismo y el machismo. Son muy excepcionales los casos en que ese tipo de procedimientos conduce a resultados verdaderamente críticos respecto al sistema, y verdaderamente impactantes en términos estéticos. En la mayoría de los ejemplos que conozco, lo único a lo que se asiste es al desdoblamiento frívolo del propio vacío conceptual y espiritual del artista. Por eso agradezco que Andrés Carretero haya mantenido una actitud respetuosa –sin ser paternalista- hacia los sujetos fotografiados en este trabajo. Como también agradezco que no haya subordinado la experiencia estética a la construcción de una discursividad abrumadora y panfletaria, en nombre de la corrección política. Finalmente siempre ha sido más arriesgado para un artista mantener la precariedad de la experiencia estética que dejarse sostener por la falsa estabilidad de los discursos.

Menciono esos temas y me obligo a volver sobre el aspecto de la belleza, que en las obras de Carretero puede ser asociada también a un sentido de lo humano como estado de fragilidad y pureza. Y con esto, por cierto, este autor se conecta, de manera nada ingenua, con una tradición retratística que ha dado excelentes resultados durante todo el siglo XX y hasta la fecha, en Estados Unidos y Europa fundamentalmente.

En especial considero inevitable mencionar una obra como la de Rineke Dijkstra, a quien este autor parece citar explícitamente en algunas de sus fotos. Pero también me importa exponer que en toda esa obra yo encuentro algo que me hace pensar en una posible zona de frialdad e inocencia en la que podrían estar coincidiendo, lo mismo una autora como Mary Ellen Mark que una como Nan Goldin.

De hecho, yo creo que la belleza en estas fotos de Carretero es esencialmente ecléctica y además, curiosamente, me remite a un universo explorado básicamente desde la mirada femenina. O tal vez deba decir que soy yo mismo quien prefiere encontrar esos referentes. Y que es mi propia sensibilidad la que me lleva a explorar en esa zona de riesgo. Lo cierto es que, contemplar las fotografías de Andrés Carretero me ha conducido a revisar nuevamente la obra de Dianne Arbus, aún sabiendo que en ésta última siempre voy a encontrar un toque de morbo del que carece Andrés.

Pero en última instancia, lo que me parece importante es comprobar que la obra de Carretero tiene un carácter multirreferencial y multitextual que es inobviable. Esto hace que sus fotos tengan una cualidad ambigua. Pues por un lado parecen objetos simples, despojados de retórica y concentrados en su propia factualidad. Y sin embargo, ese aparente ensimismamiento esconde una profusa textualidad. Quizás esa ambigüedad venga del hecho de que este tipo de fotografía no pretende exponer la realidad como un ámbito misterioso. Lo fotográfico, en una obra como la de Andrés Carretero, puede ser entendido como una manera de expandir y de amplificar lo visible, más que como una manera de revelar lo invisible. Y este no es un dato insignificante si tenemos en cuenta que con esto el autor se afilia a una convención que replantea el lugar de la representación en el arte contemporáneo. Y de la cual se deriva la posibilidad de que la representación sea –tautológicamente- representada y, en consecuencia, debilitada por tanta exhibición y redundancia.

La verdad es que yo soy de los que abogan –tal vez con mucho de nostalgia- por el misterio. Pero si encuentro fascinante esta variante de realismo es porque me parece demasiado explícita como para no estar ocultando algo.

Juan Antonio Molina

México, 20 de Febrero de 2008

miércoles 12 de diciembre de 2007

Conversación con Manuel Piña (2)

Estoy de acuerdo contigo. Creo que definir el arte es ocioso si se mira desde la perspectiva de institución. Sobre todo porque ya existe un término muy preciso: es un mundillo -con todo lo peyorativo que el término encierra.

Sin embargo tengo razones que me obligan a intentar otras perspectivas. Primero está mi empeño en ser artista. Luego -cronológicamente- viene el hecho de que me gano la vida tratando de convencer a otros de la importancia del arte y de practicarlo, de lo que, obviamente, me tendría primero que convencer yo mismo. Por suerte este convencimiento ha estado en mí hace tiempo. Fue precisamente lo que me atrajo a hacer arte. Vino del encuentro con lo que se estaba cocinando en La Habana en los 80's y de su vocación de diálogo social. El reto que entonces asumieron los artistas -crear un espacio para la discusión y el debate públicos allí donde el cada rincón (físico e ideológico) era controlado- fue una revelación de posibilidades que desde entonces están en el centro de mis preocupaciones.
Hay ahora un momento de crisis en términos de las herramientas para definir y calificar lo artístico. No es un problema nuevo, Duchamp puso a todo el mundo en jaque hace tiempo. Pero ahora la situación se hace cada vez más difícil para estetas y filósofos -los sociólogos tal vez la están teniendo más fácil-. Hay cada vez mas gente ofreciendo almuerzos gratis, fabricando paredes, fornicando o cagándose en público y llamando todo esto arte. Y es ciertamente muy difícil entender o valorar todo esto si en la ecuación no se incluye lo ético. Esto ha estado claro en muchos artistas desde siempre, mucho del mejor arte latinoamericano es un buen ejemplo. Lo nuevo para muchos es tener que aceptar el hecho de que la relación del arte con lo estético es secundaria. Es lo ético el verdadero centro. No es una situación nueva, sólo más evidente en este momento.

Podría ser que el arte esté volviendo al papel y la relación que tuvo con la vida antes del Renacimiento. O tal vez, al fin, DADA ha triunfado. En cualquier caso como definición creo que la de Fluxus -como yo la entiendo- sería muy útil: un empeño a ultranza en insinuar y provocar una posibilidad distinta de existir, de relaciones con la realidad y el entorno. Y esta posición se me hace imperativa en momentos en que conocemos más de la vida de Brad Pitt que de aquellos en nuestra familia que no tienen acceso a Internet; en los que el Mall (que leído en español , aún con esa "l" adicional, enuncia su esencia) se nos erige como el único espacio para encontrarse y encontrarnos.

2.
Imagen, lo imaginario e imaginación son problemas recurrentes y exigen ser revisitados cada vez. Pero tal vez sería más cómodo -para los fines de esta conversación y al menos por ahora- no abordarlos por separado. Hay muchas intersecciones entre estos tres términos que es difícil diferenciar. También hay aspectos que sólo vistos en conjunto se pueden entender. Te propondría operativamente usar el término "lo imagen": neutralizarlos en género y reducirlos en número; unirlos para discutir su alcance e importancia en nuestra existencia. Te propongo mirarlo como un proceso cognitivo que incluye, pero no se limita a la experiencia estética y que puede o no llegar a articularse en forma de poema, un objeto o un concepto.
Es un término más general, pero puede ser útil porque elimina ambigüedades. Por ejemplo, lo imagen (que no la imagen) sí lo puedo entender como una forma de conciencia. Y sin lo imagen no creo que pueda haber experiencia, estética o no.
No te estoy proponiendo un concepto nuevo, solamente quisiera alejarme de las precisiones para discutir con más libertad sin ceñirnos necesariamente al campo estético que te repito, no considero central en una discusión sobre arte hoy.
La imagen sería entonces el paso último dentro ese proceso y visto de esa manera tiene un alcance más amplio que el estético. Es en ese campo amplio que trato de pensarla con mi trabajo.


Manuel Piña
Vancouver, 2007

viernes 7 de diciembre de 2007

Conversación con Manuel Piña (1)

1

Yo sé que es una tarea difícil definir el arte. Y en parte creo que es también una tarea ociosa. De hecho me parece mucho más importante (al menos desde una perspectiva filosófica) el tema de la imagen (o de lo imaginario) que el tema del arte o de lo artístico.

Es decir, creo que es más crucial como objeto de estudio, en el terreno profesional en que me muevo, el fenómeno estético que el fenómeno artístico. Y eso tiene muchas implicaciones, pues si nos concentramos en el arte seguimos moviéndonos en un campo institucional y en un campo disciplinario (en el sentido, casi “político” que tú mismo le das al término “disciplina” en tu obra reciente). Desde ese campo institucional, la práctica artística aparece como exclusivista, autosuficiente y autocomplaciente.

2

Mantener este planteamiento me obliga, primero, a sugerir las diferencias entre lo estético y lo artístico y, segundo, a tratar de esbozar las vías por las que lo estético es replanteado hoy en día desde el arte.

Y aquí es donde vuelvo al tema de la imagen, puesto que entiendo lo estético como un sistema (más empírico que teórico, más intuitivo que racional) que se organiza alrededor de un núcleo constituido por lo imaginario. Para mí la imagen, lo imaginario y la imaginación sólo son accesibles por medio de una experiencia estética. Y fuera de ese territorio, cualquier experiencia estética sería inconcebible. La imagen surge para solucionar la angustia que provoca lo no comprobable. Y surge como extensión de lo real. Casi como extensión “terapéutica” de lo real. El ser humano no soportaría las exigencias derivadas de ser un sujeto cognoscente, si no fuera porque es un sujeto imaginario (esto es: un sujeto que es imaginado, que imagina y que se imagina a sí mismo). Casi todo lo que deseamos, casi todo lo que tememos, casi todo lo que gozamos, está resumido en términos de imagen. Es la imagen lo que absorbe todo nuestro placer y toda nuestra angustia por estar vivos y por tener conciencia de que moriremos.

Lo más importante de ser un sujeto cognoscente es que uno tiene conciencia de la muerte. A mí me parece indiscutible que si no tuviéramos conciencia de la muerte no existirían las religiones. Hay una distancia entre la magia y la religión, pero en el origen de ambas, y en el tránsito entre una y otra, está la omnipresencia de la imagen. También hay una distancia entre el mito y la historia, por ejemplo; pero en el tránsito de un campo a otro (y en la frontera, a veces difusa, entre ambos) también está el peso de lo imaginario. Y donde quiera que esté el peso de lo imaginario, hay un consumo estético de la realidad. Creo que la historia es una manera de consumo estético de la realidad, como lo es también la mitología o la poesía (y aquí puedes notar la manera, tal vez burda, pero no menos honesta, con que asumo el pensamiento de Lezama). Creo que lo es la magia, tanto como la religión, creo que lo es la pornografía tanto como lo es el amor. Creo que lo es el ritual tanto como lo es el arte.

Recuerdo las lecciones de marxismo que nos daban en la escuela, cuando nos decían que la religión, por ejemplo, era una forma de conciencia social. Supongamos que es así. Pero entonces debemos aceptar que toda forma de conciencia social es una conciencia imaginaria. O, como dice Jean Paul Sartre, que la imagen es una forma de conciencia.

3

El arte no es una forma de conciencia. El arte sería, en todo caso, una forma lingüística de organizar y explotar esa forma de conciencia que es la imagen. Pero sería también, por lo tanto, una forma política, social e institucional de organizar lo imaginario. Es decir, una forma de administrar lo estético. Si muchos historiadores sugieren que el período del Renacimiento fue el contexto idóneo para el surgimiento de lo artístico, más o menos en los términos en que lo conocemos hoy día, es probablemente porque en ese momento se dieron las condiciones políticas y económicas para la administración de lo estético, de acuerdo a una racionalidad moderna. En las sociedades donde imperaban el mito y el ritual (en sus conformaciones más “primitivas”) no se usaba el término “arte”. Éste solamente es usado en las sociedades donde imperan la historia y la política. Es decir, donde imperan estructuras modernas para la administración de lo imaginario. Y aquí, el término “administración” conserva sus implicaciones económicas, sobre lo cual supongo que hablaremos en algún momento.

Juan Antonio Molina

lunes 3 de diciembre de 2007

René Peña y el otro

Texto de René Peña:
Yo soy un hombre común. De la misma forma pienso que, en realidad, los ­individuos, por muy peculiares que sean, nunca son algo especial o excepcional, puesto que, básicamente, son sólo eso: personas.
Con este conjunto de fotos hablo de 1os demás a través de mí. Mis autorretratos no son una reafirmación de mi personalidad, no son el reflejo de un sujeto de características narcisista. Son sólo un pretexto para hablar de los otros, de esos seres, comunes y corrientes, de los cuales yo me siento paradigma.
La sociedad está conformada por instituciones (la familia, la religión, el Go­bierno, etc.), por lo tanto, podría decirse que los ciudadanos son (somos ciudadanos institucionalizados. Siempre hay un gurú que dirige: el padre, en la familia, el sacerdote, en la religión, el jefe, en la tribu... y así sucesivamente.
Todos ellos trazan objetivos que, en principio, están encaminados -con la mejor fe- a hacer prevalecer el orden, la estabilidad, velando siempre por los intereses comunes.
Pero sucede --compleja que es la vida y contradictorios los seres humanos-- ­que, al final, tiene más fuerza la propia personalidad del gurú, y los sujetos termi­nan siendo manipulados, so pretexto de que el camino señalado es el mejor para ellos.
¿Qué hijo no ha tropezado con un padre cargado de las mejores intenciones, que piensa éste no ha crecido lo suficiente como para andar solo por la vida? Así, de pronto, uno se ve haciendo cosas o asumiendo actitudes que, en verdad, son inducidas y no producto de su propia esencia como persona. Al punto que llega el momento que uno no sabe si es él mismo o el otro.

René PeñaLa Habana, septiembre de 1996

viernes 16 de noviembre de 2007

Eduardo Muñoz Ordoqui: Sin reposo

Las diez imágenes que se agrupan bajo este título, tal vez provisional, son la fase inicial de un proyecto más vasto y ambicioso. Tienen como eje la representación parcial de algunos momentos en la vida del líder comunista Joaquín Ordoqui Mesa (Santo Domingo, Las Villas, Cuba 1901-La Habana, Cuba 1973).

Iniciar este proyecto fotográfico tomó años de maduración, espera e incertidumbre. En Cuba, mi país de origen, habría sido una empresa prácticamente imposible: el tema de las purgas y las persecuciones políticas no es objeto de escrutinio. Fuera de Cuba, ¿qué tienen de atractivas y relevantes las peripecias de un comunista pro-soviético caído finalmente en desgracia?

Durante los gobiernos anteriores a la revolución cubana de 1959, Ordoqui Mesa corrió la misma suerte incierta, alternativamente legal y clandestina, de su partido. En varias ocasiones, sufrió los rigores del exilio: vivió en Estados Unidos, Checoslovaquia, la Unión Soviética, Francia y México. En 1953 salió de Cuba para no regresar sino hasta 1959. El gobierno encabezado por Fidel Castro lo nombró viceministro de las fuerzas armadas en 1961, probablemente gracias a sus vínculos con las altas jerarquías de la dirigencia soviética. Tres años más tarde fue acusado de ser agente de los servicios de inteligencia norteamericanos. El gobierno cubano no le celebró juicio y a falta de pruebas lo condenó por “convicción moral”. Fue declarado traidor. Murió en reclusión domiciliaria, abandonado por antiguos correligionarios y olvidado por la opinión pública. Hasta el final, sostuvo su inocencia. Su nombre fue borrado de la historia de Cuba.

Cuando Joaquín Ordoqui Mesa, mi abuelo materno, murió, yo tenía nueve años. Mis recuerdos de él son vagos y persistentes. Mi familia viajaba a una finca de Calabazar, pueblo en las afueras de La Habana, en la que lo habían recluído y donde vivía con su segunda esposa y su hijo menor. Allí pasábamos el fin de semana. Los adultos conversaban en tono grave y moderado. Casi siempre eran observados desde cierta distancia por dos militares uniformados que se alojaban en una pequeña casa cercana a la residencia principal, dentro de la finca. Los guardias se relevaban periódicamente, de manera que la vigilancia era perfecta, de veinticuatro horas. Los niños jugábamos con despreocupación, disfrutando el ambiente rural que nos rodeaba. El domingo tenía lugar la despedida y el ineludible regreso a la vida ordinaria en La Habana.

Curiosamente, los recuerdos propios más vivos que tengo de mi abuelo, están reforzados por imágenes fotográficas. Mi padrasto, cineasta de profesión y fotógrafo por afición, generalmente llevaba su cámara de fabricación soviética y tomaba fotos de nuestros encuentros. Mirando las instantáneas, recupero los detalles de ciertos momentos: mi abuelo, vestido de blanco y reclinado sobre un sillón metálico, mira al frente con expresión severa; en otra foto. conversa y ríe con mi madre; sentado a la mesa mientras jugamos cartas, me reprende por haber hecho trampas; en el corral posterior de la casa, da de comer a los pollos que criaba; en la que es probablemente la última foto que se le tomó, chaqueta al hombro y acompañado por su esposa, va camino al hospital del que ya no regresaría.
Eduardo Muñoz Ordoqui
Austin, 2007

viernes 2 de noviembre de 2007

Manuel Piña. S/T. 2007

video

Sin Título (Pasajes), 2007

Los Lumiere crearon la imagen en movimiento pero no eran artistas, sino inventores. Los artistas que empezaron a usar ese invento (Melies, Griffith y Einseinstein, por ejemplo) se enfocaron en la creación de narrativas usando recursos como el montaje y otros efectos especiales; lo que constituye el lenguaje cinematográfico.
El crítico francés Andre Bazin llamó a estas imágenes pre-cinematográficas "balbuceos sin sentido". Según el, no puede considerarse otra cosa, pues no articulan una narración. Lo que yo estoy tratando de hacer es explorar otras posibilidades. Reactivar esos "balbuceos" para hacerlos devenir otro lenguaje.
Todas estas imágenes son hechas con la cámara de vídeo. Algunas son completamente estáticas y otras se basan en el movimiento. Son algo así como fotografías mejoradas o enriquecidas. Estoy tratando de investigar cuestiones como: ¿Son fotografías las imágenes estáticas o dejan de serlo por el hecho de ser tomadas con una cámara de vídeo? ¿Si las fotografías "congelan" un instante, pueden estas imágenes considerarse fotos a pesar de su duración? ¿Son videos aun siendo estáticas?
Para estas preguntas las respuestas parecen obvias. Con una serie de trabajos de los cuales esta pieza es parte, estoy tratando de cuestionar esas respuestas. Estas piezas van desde proyecciones hasta instalaciones con varias pantallas.
En el caso de esta obra en particular, el tiempo que media entre las imágenes, las hace independiente. Hay una relación entre ellas por supuesto, pero no es un montaje cinematográfico. Es una relación mas vaga, menos autoral (autoritaria), semejante a la que puede existir entre fotos en una misma exposición o poemas dentro de una compilación. Tampoco hay una primera o última imagen; el espectador puede ver todo el conjunto
o sólo unas pocas y una no depende de la otra para comunicar. Son suficientes cada una por sí misma como fragmentos.

Manuel Piña

Vancouver, 2007

miércoles 10 de octubre de 2007

Emplazamientos y desplazamientos (2)




El lugar

En un breve, pero imprescindible ensayo, Martin Heidegger propone la posibilidad de que la relación entre arte y espacio sea pensada a partir de la experiencia del lugar y del paraje. El lugar como sitio de confluencias, como función congregacional del espacio. El lugar que se abre a las cosas y las retiene en su interdependencia. El lugar que se convierte en paraje, precisamente en virtud de su capacidad para reunir y retener. El lugar-paraje, que “custodia” las cosas en tanto pertenecientes unas a otras, pero sobre todo, en tanto pertenecientes al lugar, y en tanto el lugar les pertenece a ellas. La copertenencia, tal como la plantea Heidegger, llega al punto en que las cosas no solamente pertenecen a un lugar, sino que son el lugar. Un punto de partida muy prometedor para analizar la escultura en su relación con el espacio (lo que parece uno de los objetivos del ensayo de Heidegger), pero sobre todo, para advertir tras ese tránsito desde la lógica del monumento a la del campo expandido (Rosalind Krauss) otro tránsito explicable con términos más familiares: de la escultura, como volumen contenido en la forma, a la instalación, como espacio en expansión.

El mismo Heidegger acude al término, ya hoy bastante común, para, desde su función verbal, concederle toda la fuerza de la acción: “¿Cómo acontece el espaciar? ¿No consiste en el emplazar, y no consiste éste, a su vez, en la doble tarea del permitir y del instalar?” Espaciar es crear espacios. Según Heidegger, esta creación se da en el acto del emplazamiento. Es el emplazamiento (o la instalación) lo que convierte el lugar en un paraje, un habitáculo donde existe la cosa. Y es el emplazamiento el que propicia que la cosa sea el paraje, disolviendo los límites entre lo exterior y lo interior o, al menos, restándoles importancia.

Heidegger concluye negando que la escultura sea una conquista del espacio: “La escultura sería la encarnación del lugar; una encarnación que, cuando abre un paraje y lo custodia, mantiene lo libre reunido a su alrededor, presta permanencia a cada una de las cosas y otorga al hombre un habitar en medio de ellas.” En consecuencia, el volumen dejaría de funcionar como ese límite entre distintos espacios que marca la distancia entre el adentro y el afuera. Objeto escultórico y lugar se fundirían en la instalación.

Aun cuando esta disquisición va dirigida, o al menos soportada, por un análisis de la escultura (entendida, desde mi punto de vista, más bien como instalación), es difícil abordar el tema sin pensar en la fotografía. Primero, porque las diferencias entre lo plano y lo profundo, lo bidimensional y lo tridimensional, la superficie y el espacio, no serían ya suficientes para separar al objeto fotográfico del objeto escultórico. Segundo, porque el arte fotográfico ha sido, desde su origen, una forma de emplazamiento. La fotografía es una de las formas de sustitución más sofisticadas en la época contemporánea. Y es esencialmente una forma de sustitución de lugares.

La fotografía no porta, ni siquiera duplica, el lugar fotografiado; simplemente lo sustituye –lo desplaza- por otro lugar, hasta el momento inédito. Y esto no funciona solamente con la foto de paisajes o de lugares. Cuando enfrentamos el retrato, la naturaleza muerta o cualquier otra variante de fotos de sujetos y objetos, asistimos también a un desplazamiento de lo fotografiado desde su lugar de origen hasta el nuevo lugar que les provee la fotografía. El emplazamiento pasa por el desplazamiento. Y ahí radica cierta dosis de violencia que tiendo a percibir en el acto fotográfico.

Foucault considera el emplazamiento como la manifestación de las relaciones con el espacio en la sociedad contemporánea. Lo define por relaciones de vecindad, de contacto, de cruces entre distintos elementos. Lo visualiza con estructura de red, de serie, de cuadrículas. Lo caracteriza por su promiscuidad y, también, por la interdependencia. Lo jerarquiza históricamente a partir de la hipótesis de que la inquietud fundamental de la cultura contemporánea tiene que ver básicamente con el espacio, y no con el tiempo. Y lo encuentra también estrechamente vinculado con los desplazamientos y las migraciones de diferentes elementos, de lo que resultaría una persistente dosis de inestabilidad.

Lo más interesante es esa clasificación que hace de ciertos emplazamientos particulares -las utopías y las heterotopías- que, en su opinión, tienen la propiedad de relacionarse de manera subversiva con todos los demás, invirtiendo las relaciones que éstos representan. Las utopías, por tratarse de emplazamientos sin lugar real, sin equivalencias o analogías en la sociedad. Las heterotopías, lugares reales con una cualidad reflexiva, especie de contraemplazamientos, o utopías hechas realidad, en las que se ven representados, invertidos y contestados los otros emplazamientos reales. Entre ambos tipos de emplazamientos estaría el espejo, que Foucault considera como experiencia mixta o intermedia:

El espejo es al fin y al cabo una utopía, pues es un lugar sin lugar. En el espejo me veo donde no estoy, en un espacio irreal que se abre virtualmente detrás de la superficie; estoy allí, allí donde no estoy, una suerte de sombra que me da mi propia visibilidad, que me permite mirarme allí donde estoy ausente: la utopía del espejo. Pero es igualmente una heterotopía en la medida en que el espejo existe realmente y en virtud de que tiene una especie de efecto recíproco con respecto al lugar que ocupo: es a partir del espejo cómo me descubro ausente del lugar en el que estoy, porque me veo allí.

Siempre que acudo a este texto de Foucault, lo hago con la secreta esperanza de demostrar que la fotografía ocupa un lugar similar al del espejo. No tanto por su presunta capacidad reflexiva, o por su ilusoria cualidad especular, cuanto por su capacidad para reemplazar sitios reales y recolocarlos de una manera tan precisa en el espacio de lo imaginario. Creo que ningún objeto, como la fotografía, logra ubicarse de un modo tan consistente en esa frontera entre la imaginación y la realidad. Y ninguno logra, desde esa posición fronteriza, tal grado de conexión con la conciencia, la memoria y el desenvolvimiento de la sociedad moderna. Pues, en última instancia, lo importante no es si ubicamos o no a la fotografía en ese límite entre lo utópico y lo heterotópico, sino el poder comprobar que solamente desde ese límite la fotografía podía haberse convertido en un elemento tan recurrente dentro del imaginario colectivo, y, en consecuencia, en un instrumento tan eficiente dentro de los rituales de la sociedad contemporánea.

continuará...

(fotografía de Gabriel Orozco)

martes 2 de octubre de 2007

Emplazamientos y desplazamientos


Una y tres sillas

En 1972 la revista Avalanche hizo una entrevista a Hans Peter Feldman, en la que éste respondía con fotografías a las preguntas. Cuando le preguntaron cómo definiría a la escultura, Feldman respondió con la foto de una silla.

Que en esa época alguien escogiera a la fotografía para sustituir a las palabras, implicaba algo más complejo que lo sugerido por el famoso slogan de Life: “Una imagen vale más que mil palabras”. Aun cuando, evidentemente, del hecho se desprende una apropiación irónica de esa sobrevaloración de la fotografía en los medios de masas, lo que parece ilustrar más fehacientemente es el nuevo valor que adquiere la fotografía desde la época del conceptualismo, como instrumento de diálogo con la cultura y con el arte mismo. Como soporte de ideologías. Como objeto subversivo, provocativo, contestatario en última instancia.

En realidad Feldman no respondía a las preguntas, sino que las contestaba. Es decir, cada respuesta era una manera de anular la pregunta, de imponerse a ella. O, al menos, de contraponerse. Así se contraponía la foto a la palabra.

En Una y tres sillas, de Kosuth, vemos resumida esa contraposición entre la fotografía y la palabra, con la presencia añadida de la cosa fotografiada. Más allá de lo tautológico que puede sugerir tanta redundancia, la fotografía y el texto parecen estar pugnando, cada uno desde su propia naturaleza, para sustituir a la cosa. La foto de la silla se presenta a sí misma como sustituta de la silla. El texto, en tanto definición, también insiste en sustituir y desplazar. El texto y la foto parecen negarse mutuamente (pese a la presencia de la definición, la foto parece buscar un referente único, mientras que el texto se afianza en la pretensión de universalidad del concepto). Ambos coinciden en la fuerza con que pretenden anular a la cosa.

Pero la silla se impone desde su tridimensionalidad, que todavía parece sinónimo de realidad, de naturalidad. De hecho, la silla se propone como referente de la foto y del texto, como si ambos tendieran a ella, como si fueran incompletos sin ella. Como si su bidimensionalidad conllevara una especie de frustración, de insuficiencia. La relación entre lo tridimensional y lo bidimensional traduce la relación entre la cosa, su reproducción y su concepto. Es decir, tres realidades diferentes de un mismo objeto. Tres variantes perceptivas y epistemológicas en el camino hacia la revelación de la imagen.

Cuando Feldman propone la foto de una silla como definición de la escultura, está recuperando, desde ese gesto, la obra de Kosuth, de 1965. Pero sobre todo está recuperando y proponiendo ya como parte de la tradición del discurso conceptualista, esa relación tensa entre lo bidimensional y lo tridimensional; esa polémica redefinición de la relación entre los objetos y el espacio. Y ese planteamiento triangular del objeto artístico: como cosa, como reproducción y como concepto. Y al final queda la duda: ¿La foto de la silla es la foto de una escultura con forma de silla? ¿El hecho de haber sido fotografiada y representada en lugar de la definición de escultura, convierte a la silla en una escultura? ¿Es la foto la escultura?

continuará...